martes, 2 de junio de 2026

Bruma

Me formo en la bruma, donde la luz apenas recuerda su nombre y el silencio se deshace en sí mismo.

Surgen lugares que no existen, pero que me reconocen, como ecos de un tiempo que nunca viví.

Paisajes suspendidos, a punto de desvanecerse, y aun así me ofrecen refugio.

Camino por su vastedad, en la quietud profunda de lo que solo ocurre dentro de mí.

La realidad pesa demasiado, demasiado fija, demasiado cierta. En cambio aquí, todo lo imposible respira.

Me construyo a través de la niebla, donde la luz y el silencio se desvanecen.

Como esos lugares que aparecen en mis sueños, antiguos recuerdos a los que no se puede llegar por completo.

Un suspiro atrapado en el tiempo, translúcido, emergiendo de la nada. Se disuelven, amenazan con esfumarse en cualquier momento.

La memoria los suaviza según me aproximo.

No quiero despertar de la calma del paisaje, del aislamiento absoluto, de los caminos que conducen a lo desconocido y crean un vacío inhóspito alrededor.

La sensación de estar completamente sola en un vasto espacio mental. La quietud profunda de mi introspección.

Una promesa de refugio que permanece más allá de la conciencia.

Quizá estos lugares no sean más que el reflejo de todo lo que se vuelve imposible cuando intento alcanzarlo.

Lo que precede al olvido cuando se despierta del sueño, la belleza melancólica de lo etéreo, de lo inalcanzable.

Cerrar los ojos y verlo ahí, firme en su silencio, suspendido en lo infinito.

La delgada línea donde la vigilia termina y el inconsciente habita el umbral, el limbo onírico donde la conciencia lucha por retener un fragmento que inevitablemente se esfuma.

Reinos olvidados donde los latidos resuenan en sus escalinatas, el eco sordo y fantasmal entre sus muros, la psique volviendo lo irreal en un breve instante de posibilidad.






Y luego, despertar.

lunes, 18 de mayo de 2026

Un día.

Y un día se irá de mí.

Y ni siquiera dejará su esencia, solo una forma oscura y tibia que no responde al tiempo ni a mis intentos de nombrarlo sin temblar.

Se instaló en mí: en la garganta, entre las venas, en los dedos, sobre los labios. como un eco suspendido que no termina de morir.

Desde entonces lo llevo dentro, profundo, pegado a mi sombra, respirando bajito bajo la piel, entre lo que muestro y lo que escondo.

No lo ahuyento ni dejo que nadie lo toque, porque hay algo sagrado en la forma en que llega y me ocupa, en esa marca imperfecta que no se aclara y simplemente vive.

Porque hay un monstruo en mí que pronuncia su nombre, que se alimenta de ausencias y crece en las noches más vacías, susurrándome que busque incansable su rastro, aunque no exista camino.

Y yo… lo dejo vivir ahí, porque es lo único que queda de él, porque ya es parte de mí.

Y al final, siempre el mismo punto de partida, la penumbra respirando en las esquinas, la quietud plegada sobre una historia que nunca fue, desanudando anhelos palabra a palabra.

Mi conciencia, esa patria diminuta, me reconoce en cada gesto, en la forma en que enciendo una vela dentro, buscando la última luz, como quien invoca un incendio leve.

En la manera en que pienso y sueño, para que no duela tanto decirlo en voz alta.

Pero ya ni siquiera consuela. Hay heridas que solo saben hablar así, metiéndose de lleno en la llaga, abriéndola despacio, como una flor que se niega a florecer solo porque no eligió la primavera.

Y todos los caminos regresan a la sílaba exacta de su ausencia, al eco que dejaron sus letras, al tacto liviano de los dedos cuando intentan alcanzar algo y…


...


Saber que no hay más. que es esto o el naufragio.

Porque el olvido, cuando lo intento, termina deletreándole. Y es entonces cuando comprendo, con una verdad absoluta, con una fe ciega, que no es que no sepa.

Es que en todo lo que hago, inevitablemente, respira. Late.

Y yo no puedo fingir que no me habita.




viernes, 24 de abril de 2026

Ruido

No hice ruido, o eso me digo.

Aunque aún siento el impacto repitiéndose adentro.

Y ahora, desde el suelo, intento unir las piezas que reconozco, pero no entiendo. Este borde era mío, creo. Esta curva quizá también. Pero no sé en qué orden iban las cosas.

Las acerco, las presiono, como si la memoria pudiera apenas sostenerlas. Pero nada encaja. Hay espacios mínimos, invisibles, que lo arruinan todo.

No se sostiene. Se abre, cede. Vuelve a caer y se quiebra en mil formas nuevas que tampoco sé armar.

Me apuro, antes de que alguien note que ya no soy. Pero cuanto más lo intento, más evidente se vuelve. Porque ya no recuerdo cómo era antes de romperme. Cómo se recuerda una versión de uno mismo que siguió otro camino y ahora existe en un lugar al que no logro llegar.

Mientras el mundo sigue, y yo solo puedo verlo girar, rápido, constante, ajeno. Todo empieza y termina sin darme apenas tiempo a vivirlo.

Hay algo en mí que aprendió a quedarse quieta en ese punto exacto donde dejé mi estela, sin saber en qué me convertía ni hacia dónde iba. Y desde entonces, todo lo que soy, es después.

Hay días en los que aún me reconozco, días en los que pienso que esto también soy yo. Ilusa, creyendo que crecer a veces significa perder formas que no vuelven. Perderme en mi afán de desaparecer de a poco, de cambiar la forma en que me veo, la forma de mirarme hasta volverme irreconocible.

Y ya no es tristeza, no del todo. Nada se detuvo por mí, y en la inercia también seguí. Caminé como camina quien se supone entero, pero no lo estaba.

En ese desfase, en ese quiebre visible que nadie vio, una parte de mí se fue apagando, lento, sin hacer ruido. Sin dejar instrucciones para volver.

Y en este punto que no elegí, mi mente y mi ser salieron a flote, no sin dificultad. Un sentimiento sin nombre empezó a formarse antes de que aprendiera a nombrarlo.

Y en ese instante breve en el que acepto que nada espera al final, el peso se vuelve mío. Tan pesado, que al preguntar por el sentido, el silencio fue exacto.

No siempre hay un regreso, no sé si alguna vez volví del todo. Uno puede seguir viviendo así, con el temblor escondido, con la grieta respirando dentro.

Y lo único que escucho de fondo es la verdad desnuda: Que sigo aquí.

Sin hacer ruido, o eso me digo.





jueves, 9 de abril de 2026

Escribo

La tarde se cuela por la ventana dejando una franja de luz sobre la mesa.


Me quedo mirando cómo las pequeñas motas de polvo flotan en ese pequeño resplandor, cómo todo, de pronto, parece detenerse en detalles que casi nadie repara dos veces.

En momentos así, donde solo divago con la mente un poco en pausa, siento que la vida es suficiente;

un cuarto en calma, alguna idea que nace despacio, sin prisa ni norte.

El silencio amable que solo acompaña sin exigir nada.


Hay gestos mínimos que se vuelven íntimos sin avisar;

el sonido de una página al pasar, el viento moviendo apenas la cortina...

La sensación plena de estar presente en lo que está ocurriendo con todo detalle,

con el sistema sensorial en su punto más álgido.


Porque lo cotidiano también guarda una belleza discreta que a veces, 

se vuelve mas viva cuando alguien la reconoce también.


Sigo escribiendo mientras la luz cambia de lugar, 

escribo mientras pienso que la vida no necesita grandes historias,

a veces basta con coincidir en lo simple,

una caminata sin rumbo,

una conversación agradable,

un abrazo que solo deje la esencia flotando en el aire.

Y cuando eso ocurre,

todo esto que ahora observo en silencio, 

adquiere otra profundidad.


Solo dos personas que saben quedarse, 

justo en el mismo momento.


Pensar esto me distrae un poco y la tinta cae sobre el papel como si conociera el camino.

No duda, no se corrige;

avanza con la seguridad de algo que ya tuvo sentido,

antes de ser escrito.


En cada una de mis líneas hay un pulso vivo,

una forma de latido que a veces me desborda el pecho,

y que solo encuentra en las palabras su manera de respirar.


Porque antes escribía para perseguir lo que faltaba,

y ahora lo hago para reconocer lo que ya existe.


Esa mirada detenida en lo simple,

una emoción que no necesita ser gritada para ser intensa.

Hay una verdad más limpia en este modo de desgarrarme,

como si hubiera encontrado la forma de abrirme en canal,

y esperar luego el incendio.


Por ello estas palabras no buscan adornarse,

son solo los restos de lo que queda suspendido entre líneas,

desde la honestidad de alguien que escribe con todo el pulso abierto.


Dejando que cada letra,

sea un paso más en la forma profunda de sentirse vivo.





sábado, 14 de marzo de 2026

Caleidoscopio.

Eres para mí, un mecanismo de espejos infinitos. Geometría de calma. Ese patrón que ordena mi caos.

A veces, eres un giro inesperado, y te vuelves explosión cálida, fragmentos de fuego y ámbar atravesando mis sentidos.

Te observo a veces desde las sombras, girando mi cristal para descubrir cómo te refractas.

Nunca fuiste estático, sino puro movimiento ante mis ojos, un choque constante de piezas que se buscan.

Eres la luz que atraviesa mi visor, el orden naciendo de mi fragmentación. El color que permanece, cuando todo lo demás se vuelve gris.

Eres prisma.

Alguien que no siempre recibe luz, pero la busca, y la encuentra en lo más profundo si hace falta, descomponiéndola en mil matices solo para que yo pueda verla.

Contigo soy, sin miedo a estar un poco rota, porque es justo ahí, en nuestras aristas y bordes irregulares, justo en las fracturas, donde la luz encuentra el hueco para apoyarse, crear y reinventarse.

Eres refugio.

La mano que gira el tambor cuando todo se oscurece, recordándome que basta un pequeño movimiento para que el caos se ordene de nuevo y me salve. Incluso de mí misma.

Recoges los pedazos y me muestras que, incluso desde lo imperfecto, puede crearse algo que aún merece ser visto.

Porque cada vez que apareces, el universo se reinventa.

Solo para que pueda volver a redescubrirte. Solo para que pueda redescubrirme.

Porque, como un destello, te guardaré siempre en mi memoria, como esa pieza secreta de mi caleidoscopio, la que no se ve, pero sostiene todo el dibujo cuando giro.





Solo geometría al azar. Solo simetría perfecta.

Girando sobre su propio vórtice.

domingo, 8 de marzo de 2026

Siento

A veces, me pregunto como sería que alguien notara la suavidad con la que siento.

No la intensidad visible, 

sino esa forma callada en la que me importan y me duelen algunas cosas.


Cómo me detengo en los gestos mínimos, 

en las frases no dichas.

Cómo escucho mas de lo que digo, o cómo guardo solo para mí algunos detalles, 

sin que nadie más lo perciba. 


Cómo sería que alguien se adentrara, que alguien lo supiera,

sin tener que explicarlo.


Que hay una ternura que pocas veces hago pública. 

Vive en la manera en la que pienso en alguien durante el día,

en el mensaje que escribiría para saber cómo está.

En el deseo de compartir lo cotidiano.


Y es que no necesito fuegos artificiales,

solo una complicidad que crezca sin ruido,

sin prisas, ni ataduras.

Lo que anhelo es simple, pero también profundo.


Saber que existe y sentir que no tengo que reducir mis dudas.

Que puedo querer con calma.

Con la cercanía y la transparencia más sincera. 

Sin temor a parecer demasiado.


Porque hay palabras que no nacieron para salir,

ni historias para ser contadas.

Se quedan guardadas, como algo secreto, 

que late sin permiso.


Porque nunca dejé de pensar, ni en los silencios más largos.

Porque también me desbordé en las decisiones que tomé a oscuras, 

para no dar explicaciones.

En todas las cosas que sentí completas, y no supe donde ponerlas.

Algo sin forma, ni nombre.


Fe sin destinatario.


Y no fue cobardía, sino lucidez.

Soltar intentando no romper, lo único que todavía respiraba.

Respirar y perderme un poco en cada intento,

de coger aire. 


Y mientras cada posibilidad se perdía en el horizonte,

llenaba los huecos de palabras y momentos, 

no expuestos al azar, no por pura casualidad, 

sino con la certeza de que una conexión así,

pueda enseñarme a vivir el ahora.





viernes, 20 de febrero de 2026

Vacío

Te mostré la noche, sin pedir permiso.

Como quien abre una herida,

para comprobar si aun duele.


Y yo andaba ciega,

sin ver forma, ni salida.

Ni nombre, ni definición,

para todo lo que me recorría dentro.


Tú me miraste despacio,

pero no te atreviste.


Y fue extraño que alguien creyera,

en lo que yo negaba.

Que rozara mi sombra,

sin miedo...

Y aun encontrara pulso.


Ser consciente de que a veces, no falta luz,

sino testigos.

Alguien que diga: "Esto aun vive".


Cuando una ya decidió llamarse vacío.