Eres para mí, un mecanismo de espejos infinitos. Geometría de calma. Ese patrón que ordena mi caos.
A veces, eres un giro inesperado, y te vuelves explosión cálida, fragmentos de fuego y ámbar atravesando mis sentidos.
Te observo a veces desde las sombras, girando mi cristal para descubrir cómo te refractas.
Nunca fuiste estático, sino puro movimiento ante mis ojos, un choque constante de piezas que se buscan.
Eres la luz que atraviesa mi visor, el orden naciendo de mi fragmentación. El color que permanece, cuando todo lo demás se vuelve gris.
Eres prisma.
Alguien que no siempre recibe luz, pero la busca, y la encuentra en lo más profundo si hace falta, descomponiéndola en mil matices solo para que yo pueda verla.
Contigo soy, sin miedo a estar un poco rota, porque es justo ahí, en nuestras aristas y bordes irregulares, justo en las fracturas, donde la luz encuentra el hueco para apoyarse, crear y reinventarse.
Eres refugio.
La mano que gira el tambor cuando todo se oscurece, recordándome que basta un pequeño movimiento para que el caos se ordene de nuevo y me salve. Incluso de mí misma.
Recoges los pedazos y me muestras que, incluso desde lo imperfecto, puede crearse algo que aún merece ser visto.
Porque cada vez que apareces, el universo se reinventa.
Solo para que pueda volver a redescubrirte. Solo para que pueda redescubrirme.
Porque, como un destello, te guardaré siempre en mi memoria, como esa pieza secreta de mi caleidoscopio, la que no se ve, pero sostiene todo el dibujo cuando giro.
Solo geometría al azar.
Solo simetría perfecta.
Girando sobre su propio vórtice.
