No hice ruido, o eso me digo.
Aunque aún siento el impacto repitiéndose adentro.
Y ahora, desde el suelo, intento unir las piezas que reconozco, pero no entiendo. Este borde era mío, creo. Esta curva quizá también. Pero no sé en qué orden iban las cosas.
Las acerco, las presiono, como si la memoria pudiera apenas sostenerlas. Pero nada encaja. Hay espacios mínimos, invisibles, que lo arruinan todo.
No se sostiene. Se abre, cede. Vuelve a caer y se quiebra en mil formas nuevas que tampoco sé armar.
Me apuro, antes de que alguien note que ya no soy. Pero cuanto más lo intento, más evidente se vuelve. Porque ya no recuerdo cómo era antes de romperme. Cómo se recuerda una versión de uno mismo que siguió otro camino y ahora existe en un lugar al que no logro llegar.
Mientras el mundo sigue, y yo solo puedo verlo girar, rápido, constante, ajeno. Todo empieza y termina sin darme apenas tiempo a vivirlo.
Hay algo en mí que aprendió a quedarse quieta en ese punto exacto donde dejé mi estela, sin saber en qué me convertía ni hacia dónde iba. Y desde entonces, todo lo que soy, es después.
Hay días en los que aún me reconozco, días en los que pienso que esto también soy yo. Ilusa, creyendo que crecer a veces significa perder formas que no vuelven. Perderme en mi afán de desaparecer de a poco, de cambiar la forma en que me veo, la forma de mirarme hasta volverme irreconocible.
Y ya no es tristeza, no del todo. Nada se detuvo por mí, y en la inercia también seguí. Caminé como camina quien se supone entero, pero no lo estaba.
En ese desfase, en ese quiebre visible que nadie vio, una parte de mí se fue apagando, lento, sin hacer ruido. Sin dejar instrucciones para volver.
Y en este punto que no elegí, mi mente y mi ser salieron a flote, no sin dificultad. Un sentimiento sin nombre empezó a formarse antes de que aprendiera a nombrarlo.
Y en ese instante breve en el que acepto que nada espera al final, el peso se vuelve mío. Tan pesado, que al preguntar por el sentido, el silencio fue exacto.
No siempre hay un regreso, no sé si alguna vez volví del todo. Uno puede seguir viviendo así, con el temblor escondido, con la grieta respirando dentro.
Y lo único que escucho de fondo es la verdad desnuda: Que sigo aquí.
Sin hacer ruido, o eso me digo.

