viernes, 24 de abril de 2026

Ruido

No hice ruido, o eso me digo.

Aunque aún siento el impacto repitiéndose adentro.

Y ahora, desde el suelo, intento unir las piezas que reconozco, pero no entiendo. Este borde era mío, creo. Esta curva quizá también. Pero no sé en qué orden iban las cosas.

Las acerco, las presiono, como si la memoria pudiera apenas sostenerlas. Pero nada encaja. Hay espacios mínimos, invisibles, que lo arruinan todo.

No se sostiene. Se abre, cede. Vuelve a caer y se quiebra en mil formas nuevas que tampoco sé armar.

Me apuro, antes de que alguien note que ya no soy. Pero cuanto más lo intento, más evidente se vuelve. Porque ya no recuerdo cómo era antes de romperme. Cómo se recuerda una versión de uno mismo que siguió otro camino y ahora existe en un lugar al que no logro llegar.

Mientras el mundo sigue, y yo solo puedo verlo girar, rápido, constante, ajeno. Todo empieza y termina sin darme apenas tiempo a vivirlo.

Hay algo en mí que aprendió a quedarse quieta en ese punto exacto donde dejé mi estela, sin saber en qué me convertía ni hacia dónde iba. Y desde entonces, todo lo que soy, es después.

Hay días en los que aún me reconozco, días en los que pienso que esto también soy yo. Ilusa, creyendo que crecer a veces significa perder formas que no vuelven. Perderme en mi afán de desaparecer de a poco, de cambiar la forma en que me veo, la forma de mirarme hasta volverme irreconocible.

Y ya no es tristeza, no del todo. Nada se detuvo por mí, y en la inercia también seguí. Caminé como camina quien se supone entero, pero no lo estaba.

En ese desfase, en ese quiebre visible que nadie vio, una parte de mí se fue apagando, lento, sin hacer ruido. Sin dejar instrucciones para volver.

Y en este punto que no elegí, mi mente y mi ser salieron a flote, no sin dificultad. Un sentimiento sin nombre empezó a formarse antes de que aprendiera a nombrarlo.

Y en ese instante breve en el que acepto que nada espera al final, el peso se vuelve mío. Tan pesado, que al preguntar por el sentido, el silencio fue exacto.

No siempre hay un regreso, no sé si alguna vez volví del todo. Uno puede seguir viviendo así, con el temblor escondido, con la grieta respirando dentro.

Y lo único que escucho de fondo es la verdad desnuda: Que sigo aquí.

Sin hacer ruido, o eso me digo.





jueves, 9 de abril de 2026

Escribo

La tarde se cuela por la ventana dejando una franja de luz sobre la mesa.


Me quedo mirando cómo las pequeñas motas de polvo flotan en ese pequeño resplandor, cómo todo, de pronto, parece detenerse en detalles que casi nadie repara dos veces.

En momentos así, donde solo divago con la mente un poco en pausa, siento que la vida es suficiente;

un cuarto en calma, alguna idea que nace despacio, sin prisa ni norte.

El silencio amable que solo acompaña sin exigir nada.


Hay gestos mínimos que se vuelven íntimos sin avisar;

el sonido de una página al pasar, el viento moviendo apenas la cortina...

La sensación plena de estar presente en lo que está ocurriendo con todo detalle,

con el sistema sensorial en su punto más álgido.


Porque lo cotidiano también guarda una belleza discreta que a veces, 

se vuelve mas viva cuando alguien la reconoce también.


Sigo escribiendo mientras la luz cambia de lugar, 

escribo mientras pienso que la vida no necesita grandes historias,

a veces basta con coincidir en lo simple,

una caminata sin rumbo,

una conversación agradable,

un abrazo que solo deje la esencia flotando en el aire.

Y cuando eso ocurre,

todo esto que ahora observo en silencio, 

adquiere otra profundidad.


Solo dos personas que saben quedarse, 

justo en el mismo momento.


Pensar esto me distrae un poco y la tinta cae sobre el papel como si conociera el camino.

No duda, no se corrige;

avanza con la seguridad de algo que ya tuvo sentido,

antes de ser escrito.


En cada una de mis líneas hay un pulso vivo,

una forma de latido que a veces me desborda el pecho,

y que solo encuentra en las palabras su manera de respirar.


Porque antes escribía para perseguir lo que faltaba,

y ahora lo hago para reconocer lo que ya existe.


Esa mirada detenida en lo simple,

una emoción que no necesita ser gritada para ser intensa.

Hay una verdad más limpia en este modo de desgarrarme,

como si hubiera encontrado la forma de abrirme en canal,

y esperar luego el incendio.


Por ello estas palabras no buscan adornarse,

son solo los restos de lo que queda suspendido entre líneas,

desde la honestidad de alguien que escribe con todo el pulso abierto.


Dejando que cada letra,

sea un paso más en la forma profunda de sentirse vivo.