Y un día se irá de mí.
Y ni siquiera dejará su esencia, solo una forma oscura y tibia que no responde al tiempo ni a mis intentos de nombrarlo sin temblar.
Se instaló en mí: en la garganta, entre las venas, en los dedos, sobre los labios. como un eco suspendido que no termina de morir.
Desde entonces lo llevo dentro, profundo, pegado a mi sombra, respirando bajito bajo la piel, entre lo que muestro y lo que escondo.
No lo ahuyento ni dejo que nadie lo toque, porque hay algo sagrado en la forma en que llega y me ocupa, en esa marca imperfecta que no se aclara y simplemente vive.
Porque hay un monstruo en mí que pronuncia su nombre, que se alimenta de ausencias y crece en las noches más vacías, susurrándome que busque incansable su rastro, aunque no exista camino.
Y yo… lo dejo vivir ahí, porque es lo único que queda de él, porque ya es parte de mí.
Y al final, siempre el mismo punto de partida, la penumbra respirando en las esquinas, la quietud plegada sobre una historia que nunca fue, desanudando anhelos palabra a palabra.
Mi conciencia, esa patria diminuta, me reconoce en cada gesto, en la forma en que enciendo una vela dentro, buscando la última luz, como quien invoca un incendio leve.
En la manera en que pienso y sueño, para que no duela tanto decirlo en voz alta.
Pero ya ni siquiera consuela. Hay heridas que solo saben hablar así, metiéndose de lleno en la llaga, abriéndola despacio, como una flor que se niega a florecer solo porque no eligió la primavera.
Y todos los caminos regresan a la sílaba exacta de su ausencia, al eco que dejaron sus letras, al tacto liviano de los dedos cuando intentan alcanzar algo y…
...
Saber que no hay más. que es esto o el naufragio.
Porque el olvido, cuando lo intento, termina deletreándole. Y es entonces cuando comprendo, con una verdad absoluta, con una fe ciega, que no es que no sepa.
Es que en todo lo que hago, inevitablemente, respira. Late.
Y yo no puedo fingir que no me habita.