Me formo en la bruma, donde la luz apenas recuerda su nombre y el silencio se deshace en sí mismo.
Surgen lugares que no existen, pero que me reconocen, como ecos de un tiempo que nunca viví.
Paisajes suspendidos, a punto de desvanecerse, y aun así me ofrecen refugio.
Camino por su vastedad, en la quietud profunda de lo que solo ocurre dentro de mí.
La realidad pesa demasiado, demasiado fija, demasiado cierta. En cambio aquí, todo lo imposible respira.
Me construyo a través de la niebla, donde la luz y el silencio se desvanecen.
Como esos lugares que aparecen en mis sueños, antiguos recuerdos a los que no se puede llegar por completo.
Un suspiro atrapado en el tiempo, translúcido, emergiendo de la nada. Se disuelven, amenazan con esfumarse en cualquier momento.
La memoria los suaviza según me aproximo.
No quiero despertar de la calma del paisaje, del aislamiento absoluto, de los caminos que conducen a lo desconocido y crean un vacío inhóspito alrededor.
La sensación de estar completamente sola en un vasto espacio mental. La quietud profunda de mi introspección.
Una promesa de refugio que permanece más allá de la conciencia.
Quizá estos lugares no sean más que el reflejo de todo lo que se vuelve imposible cuando intento alcanzarlo.
Lo que precede al olvido cuando se despierta del sueño, la belleza melancólica de lo etéreo, de lo inalcanzable.
Cerrar los ojos y verlo ahí, firme en su silencio, suspendido en lo infinito.
La delgada línea donde la vigilia termina y el inconsciente habita el umbral, el limbo onírico donde la conciencia lucha por retener un fragmento que inevitablemente se esfuma.
Reinos olvidados donde los latidos resuenan en sus escalinatas, el eco sordo y fantasmal entre sus muros, la psique volviendo lo irreal en un breve instante de posibilidad.
Y luego, despertar.
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