Una parte de mí aprendió a desaparecer antes de sentir el peligro.
Aunque nadie estuviera cerca de lastimarme.
Descubrí que muchas de mis decisiones nacieron de la desconfianza,
del miedo.
De la decepción.
Y no de esa libertad que siempre fingí tener.
Que elegí caminos seguros,
solo para evitar todo aquello que podía quebrarme.
Revisé recuerdos que preferí mantener intactos,
y entendí que no eran tan luminosos como recordaba.
Que en varios de ellos solo estaba intentando convencerme,
de que no dolían tanto como realmente dolían.
Incluso ahora,
siento ese antiguo impulso de callarlo todo,
como si transformarlo en palabras,
me volviera demasiado visible.
Como si alguien pudiera leerme por dentro y traspasarme.
Pero, a veces,
tengo la necesidad de desnudarme en cada frase,
solo por sentir el vértigo,
de saber que alguien pueda llegar a descifrar mis renglones.
Aceptando que he sido mi propio límite tantas veces...
que ya no se cuantas cosas dejé en pausa, esperando,
sin buscar siquiera alivio.
Y es que hay una parte de mí,
que nunca aprendió a pedir ayuda.
Las palabras que nunca dije,
han empezado a pesar como objetos reales.
Como si cada silencio hubiera acumulado vida propia,
y ahora reclamara espacio.
He guardado tantas cosas,
que ya no se cuales eran importantes,
y cuales solo formas de protegerme.
Protegerme de un mundo que nunca he sabido rozar sin lastimarme.
Y es que a veces, solo quise ser honesta conmigo,
a pesar de esta profundidad que siempre me dio miedo tocar,
y aunque me tiemble algo por dentro cuando me asomo al vacío,
al menos se,
que esta vez no estoy huyendo.
