sábado, 14 de marzo de 2026

Caleidoscopio.

Eres para mí, un mecanismo de espejos infinitos. Geometría de calma. Ese patrón que ordena mi caos.

A veces, eres un giro inesperado, y te vuelves explosión cálida, fragmentos de fuego y ámbar atravesando mis sentidos.

Te observo a veces desde las sombras, girando mi cristal para descubrir cómo te refractas.

Nunca fuiste estático, sino puro movimiento ante mis ojos, un choque constante de piezas que se buscan.

Eres la luz que atraviesa mi visor, el orden naciendo de mi fragmentación. El color que permanece, cuando todo lo demás se vuelve gris.

Eres prisma.

Alguien que no siempre recibe luz, pero la busca, y la encuentra en lo más profundo si hace falta, descomponiéndola en mil matices solo para que yo pueda verla.

Contigo soy, sin miedo a estar un poco rota, porque es justo ahí, en nuestras aristas y bordes irregulares, justo en las fracturas, donde la luz encuentra el hueco para apoyarse, crear y reinventarse.

Eres refugio.

La mano que gira el tambor cuando todo se oscurece, recordándome que basta un pequeño movimiento para que el caos se ordene de nuevo y me salve. Incluso de mí misma.

Recoges los pedazos y me muestras que, incluso desde lo imperfecto, puede crearse algo que aún merece ser visto.

Porque cada vez que apareces, el universo se reinventa.

Solo para que pueda volver a redescubrirte. Solo para que pueda redescubrirme.

Porque, como un destello, te guardaré siempre en mi memoria, como esa pieza secreta de mi caleidoscopio, la que no se ve, pero sostiene todo el dibujo cuando giro.





Solo geometría al azar. Solo simetría perfecta.

Girando sobre su propio vórtice.

domingo, 8 de marzo de 2026

Siento

A veces, me pregunto como sería que alguien notara la suavidad con la que siento.

No la intensidad visible, 

sino esa forma callada en la que me importan y me duelen algunas cosas.


Cómo me detengo en los gestos mínimos, 

en las frases no dichas.

Cómo escucho mas de lo que digo, o cómo guardo solo para mí algunos detalles, 

sin que nadie más lo perciba. 


Cómo sería que alguien se adentrara, que alguien lo supiera,

sin tener que explicarlo.


Que hay una ternura que pocas veces hago pública. 

Vive en la manera en la que pienso en alguien durante el día,

en el mensaje que escribiría para saber cómo está.

En el deseo de compartir lo cotidiano.


Y es que no necesito fuegos artificiales,

solo una complicidad que crezca sin ruido,

sin prisas, ni ataduras.

Lo que anhelo es simple, pero también profundo.


Saber que existe y sentir que no tengo que reducir mis dudas.

Que puedo querer con calma.

Con la cercanía y la transparencia más sincera. 

Sin temor a parecer demasiado.


Porque hay palabras que no nacieron para salir,

ni historias para ser contadas.

Se quedan guardadas, como algo secreto, 

que late sin permiso.


Porque nunca dejé de pensar, ni en los silencios más largos.

Porque también me desbordé en las decisiones que tomé a oscuras, 

para no dar explicaciones.

En todas las cosas que sentí completas, y no supe donde ponerlas.

Algo sin forma, ni nombre.


Fe sin destinatario.


Y no fue cobardía, sino lucidez.

Soltar intentando no romper, lo único que todavía respiraba.

Respirar y perderme un poco en cada intento,

de coger aire. 


Y mientras cada posibilidad se perdía en el horizonte,

llenaba los huecos de palabras y momentos, 

no expuestos al azar, no por pura casualidad, 

sino con la certeza de que una conexión así,

pueda enseñarme a vivir el ahora.