Quise protegerme,
ser armadura,
un cuerpo denso y opaco,
que todo lo cubre,
que no permite el roce.
Pero el hierro se hizo aire,
y mis manos,
intento tras intento,
no frenaron nada.
Fui solo la que mira,
un par de ojos inmóviles,
húmedos,
en primera fila,
aprendiendo a tragar la impotencia.
Y solo pude ser testigo,
testigo del golpe,
del temblor,
del estruendo.
Y esa fue la única manera
que supe de quedarme,
observando la marcha,
sin que pudiera salvarte.
Hoy el aíre es mas denso,
y yo floto
en medio de un silencio
que no sabe consolarme.
Aún me pesan demasiadas cosas,
y hay nombres que
ya no puedo pronunciar
sin quebrarme.
Siento una vez más
cada latido dejar su rastro,
como una firma roja
en el mármol blanco de los días
pero que aun así, no pierde el pulso.
La incierta belleza
de seguir adelante
a pesar de todo.
La fuerza oculta emergiendo,
hasta del mar mas profundo.
Y es que hay días
que camino sin mapa,
con el alma
doblada en el bolsillo,
como una carta
que nunca se envió,
pero que aún guarda la esencia
de quien la escribió.
Mientras me pierdo en rincones
que ya no me devuelven la mirada,
con los recuerdos
pegados a las suelas,
y un eco de mi antigua yo,
temblorosa,
preguntándome si desde aquí,
todavía sabré volver.
Mientras me hundo sin agua,
en la quietud azul
de mi propia mente.
La conciencia se clava
y pesa,
como un mar antiguo.
Mi cuerpo,
es solo un barco a la deriva,
que ha olvidado el arte de flotar.
Duermo para no oírme,
para no sentir
la humedad del pensamiento
filtrándose
por las grietas del pecho.
Mis manos ciegas
tantean la ausencia,
como si aun pudieran tocar
lo que alguna vez me sostuvo.
He aprendido a fingir,
a cerrar los ojos
con la solemnidad del naufragio,
a lamer en silencio
las heridas
que no se curan,
que solo se alivian
y adormecen.
Busco algo dentro de mí
que ya no encuentro.
Y aunque sigo respirando,
el aíre no llena igual mis pulmones.
Y aunque sigo viendo colores,
ya no resplandecen.
Porque en toda pérdida,
hay una transformación silenciosa,
pero también un fuego,
una chispa
que se enciende bajo la piel,
que se niega a apagarse,
que no quiere rendirse.
Asique levanto la mirada
una vez más,
y aunque ya no reconozco el horizonte,
respiro hondo,
como quien se prepara
para comerse el mundo
a bocados de fe y otros de rabia.
Como quien está perdido
y no deja de buscarse,
como el que se ahoga
y usa su última bocanada,
para salir a flote.
Como el que abraza sus escombros
creyendo
que puede volver a reconstruirse.
Me he vaciado en lágrimas,
y en tinta
sobre hojas sin dueño,
tinta y sangre...
Ya no se donde empieza una
y termina la otra.
Solo sé que ambas
se han secado
intentando alcanzarte.
Y aunque la última gota de mí,
quedará en estas letras.
Ni una sola
de estas palabras
haría que regresaras.
Paso a paso... Solo debo seguir caminando.
T&R
