Hoy respiro hondo y me doy el tiempo suficiente para no escribirte desde el dolor, porque tú nunca fuiste dolor. Incluso cuando todo tu cuerpo dolía, nunca, ni por un momento te rendiste, nunca dejaste de intentarlo.
No quería escribirte desde la tristeza, porque ni en tu ultimo aliento fuiste triste.
Quiero escribirle a tú fortaleza, a tu lealtad más eterna. Mi lección más valiosa.
Así que, no quiero escribirte rota, recogiendo los trozos que provocó tu explosión y que siguen esparcidos por todas partes, porque sería negarme toda la felicidad vivida tantos años...
Ni escribirte entre lágrimas que enturbien todos y cada uno de los buenos momentos que has dejado tras de sí.
Porque ahora, más que nunca, los necesito claros y cristalinos para no olvidarlos.
No quiero escribirte devastada, tragándome a diario las ganas de acariciarte y encontrar solo el vacío de tu cama. Ni buscarte en lo que ya no está, en los rincones que antes ocupabas, en el eco sordo donde antes respirabas. En la tibieza que dejó tu sombra, que a veces era tan mía...
El sonido de tus patas tras de mí, siguiendo mis pasos. Siempre. Sentir el escalofrío al volverme y no...
No quiero extender los dedos como si el aíre pudiera volverse pelo, tan suave... Como si eso hiciera que pensarte fuera una forma de recuerdo cruel que viene a mi mente como un golpe de realidad repentino una y otra vez.
El final que nunca quise aceptar.
Pero la realidad es que ya no más. La realidad es que no estás.
Y lo único que me queda es este pensamiento insistente, que no calma, que no alivia. Que solo arde.
Y aun así, intento con todas mis fuerzas escribirte desde la fortaleza que aun no tengo, desde el cariño inmenso que desborda y la conexión irrompible que flota en el ambiente, porque ahora, es la única forma de sentir tu presencia, la única forma de luchar contra una realidad que golpea fuerte.
Escribirte desde la certeza más certera de que un día llegaste para cambiarme la vida, con tu mirada triste y el pellejo cubriendo tus huesos. El tiempo, la calma, el cariño, dejando paso a un carácter y una personalidad únicas.
Después de todo, creía que te salvaba, creía que te sacaba de esa jaula, pero, fuiste tú quien me liberó a mí de tantas cosas...
Porque si, eras única, tan única y autentica en todos tus detalles...
Y mientras visualizo tu cara apoyada en el borde del sofá y tu mirada diluyéndose poco a poco en mi cabeza antes de dormir, solo puedo dar gracias, porque esto ha sido una autentica aventura, porque me lo has puesto tan, tan fácil, porque te he disfrutado, porque los días de lluvia ya no serán lo mismo, porque esta historia mereció tantísimo la pena...
Gracias, porque vivirte ha sido y será una de las cosas que guardaré y atesoraré para el resto de mi vida.
Y aunque una parte de mí se ha ido contigo, y aunque ya no te alcance, en lo más profundo, allí... en los rincones míos donde solo tú supiste dar luz.
Brilla en mí, todo lo que significaste para mí.
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