La vida, es un continuum de naufragios marcados por los designios de nacer y morir, donde las vivencias se van colando, intercalándose unas con otras, formando momentos, moldeando la persona.
Y entre todas ellas, forman cada una de las escenas y secuencias que pasan, a veces fugaces, a veces a cámara lenta, grabándose en la retina, en una película que no sabes si diriges o eres solo un mero espectador.
Mientras el tiempo se cuela y empuja cincelando la historia.
Somos, en parte, nuestros vivos y nuestros muertos, y también todos aquellos a los que les dimos prestada una llave para abrir nuestra puerta, para adentrarse, demolerlo todo y cerrar de un portazo.
Somos los recuerdos, lo que pudo ser y no fue, las risas, los abrazos, las disputas... Somos todo aquello que no dijimos, y todas las conversaciones que quedaron suspendidas en el aire y que repetimos dentro de nuestra cabeza en bucle, en un viaje de no retorno.
Intentando invocar la cercanía de los que ya no están aún sabiendo que no es posible.
Porque estamos hechos de la esencia de los que nos quisieron y de los pedazos rotos de los que no nos quisieron tanto. Porque lo que une de algun modo, en la cercanía o en la distancia, casi siempre deja alguna huella.
Algunas, caricias para el alma y otras... cicatrices, marcas de hierro incandescente que recuerdan al tacto donde no volver.
Somos las decepciones de nuestro YO más interno, nuestra culpa, nuestro perdón, nuestros logros, fantasías y sueños, y también la estela de nombres y caras que se van guardando en la memoria y que cada uno de esos naufragios comunes deja tras de sí.
Esta balsa, la balsa de los que seguimos aquí acumulando lluvias que nunca llegaron a derramarse, a veces se tambalea mecida por mareas de recuerdos que llegan reviviendo y rebobinando una y otra vez los momentos como si pudiéramos imaginarnos otros posibles finales.
Flotamos en tiempo, náufragos a la deriva cargando todo lo que hemos arrastrado hasta llegar aquí.
Naufragios huecos que poco a poco vamos llenando con lo que queda de nosotros, rellenando también con aquellos que se fueron y cuentan todavía y de los que están en el limbo de los que no se han ido, pero ya no cuentan.
Sombras que nos habitan y parasitan sin que podamos evitarlo.
A veces, sin embargo, los naufragios llegan de golpe; de improviso se abre una ventana mal cerrada y el rompecabezas que estábamos armando desde hace mucho, vuela a merced de una violenta ráfaga de aíre y lo que eran siluetas se vuelve desorden.
Para cuando tienes que volver a buscar las piezas, recomponer los huecos y pensar el siguiente movimiento... ya no eres el mismo.
Cada uno de nosotros ha tenido un momento de rompecabezas deshecho por una mala ventana, rompiendo por completo la doble coordenada de seguridad en la que flotábamos.
Otras veces, el naufragios llega con una de esas malas coincidencias, de esas que te hacen naufragar sin entender por qué, porque nadie se detuvo a explicar nada.
El rompecabezas deshecho, la confianza rota y la llave tirada al pozo más profundo.
Pero a pesar de todo, también hay que ser capaz de remar a tiempo, y salir de las peores tormentas, no siempre en la misma dirección y no siempre del mismo modo, pero siguiendo a flote.
Y por eso, cuando la tempestad vuelve a desatarse, nuestra balsa ya no es tan frágil, se ha reforzado, a golpe de olas, a golpe de mares.
Y cada vez, en cada naufragio futuro, descubres que ya no hay tiempo ni ganas de duelos, ni despedidas, ni cenizas, ni luto.
Con los años, las cicatrices y las turbulencias, entiendes que los naufragios son, queramos o no, un poco parte de todos.
