A veces creo que si no fuera por el dolor,
no sabría quien soy.
Que sin esa sombra que me acompaña siempre,
no quedaría mas que un cuerpo inerte,
un hueco sin nombre propio.
No se el momento exacto en el que me armé,
con piezas que ni siquiera eran mías
o si ya venía rota de antes.
Como esas casas que uno hereda,
llenas de grietas, aunque nadie las toque.
Hay noches en que me rescato sin querer,
me encuentro respirando mientras,
todo dentro de mí,
pide silencio.
Me asomo al precipicio de todo,
como si el mundo corriera a mi lado
y yo apenas pudiera mover los dedos.
Pienso en lo que no dije,
en lo que no hice.
En como el silencio se extendió,
cuando todavía quería gritar.
Porque, hay un temblor en mi pecho,
un miedo suave, casi tierno,
de desaparecer de mi misma
o salir corriendo y perderlo todo.
Y me gustaría decir que no me importa,
que estoy más fuerte,
pero todavía hay una parte de mí
que se sienta al borde del abismo
y espera que alguien la llame
aunque en realidad no lo hay.
En el fondo,
nadie ve como me hundo,
cómo me ahogo,
como me sostengo de algo invisible,
que ya no está aquí.
Quizá nunca lo estuvo.
A veces pienso que ser, es doler despacio,
que existir es recordarme que no me fui.
No del todo.
Y aunque se que el tiempo no espera,
me aferro al instante,
como quien abraza un cuerpo que anhela
y que sabe que al final se irá.
Sin embargo sigo aquí,
quieta, inmóvil,
observando como el agua vuelve a rozar
una y otra vez la misma orilla.
Como si creyera que esta vez,
alguien puede salvarme.
